domingo, 2 de junio de 2013

Ecología, política y el negocio de la basura

Más población, más consumo, más residuos. El debate sobre qué hacer con la basura invade el terreno de la gestión pública y el medio ambiente, mientras está a punto de colapsar el basural de Campo de Mayo, el mayor del país.

POR SILVANA BOSCHI


ESTANCADOS. El Riachuelo cubierto de basura, una postal frecuente de  un problema ambiental que persiste.
ESTANCADOS. El Riachuelo cubierto de basura, una postal frecuente de un problema ambiental que persiste.

El aumento de la población y del consumo llevan inevitablemente al aumento del volumen de residuos, pero qué hacer con ellos es uno de los mayores interrogantes en materia ecológica y ambiental. Lejos de las experiencias más innovadoras que se aplican en países como Japón, en Argentina la técnica que se utiliza casi en exclusiva es la del relleno sanitario, un sistema que está a punto de hacer colapsar el mayor basural del país, ubicado en terrenos de Campo de Mayo. Mientras el tema provoca discusiones entre el Gobierno porteño y el de la Provincia, y varios municipios se suman al reciclaje, el debate ya figura en la agenda de las ciencias sociales.

Los sistemas más modernos de tratamiento de residuos, que ya se están aplicando en algunos países altamente industrializados, están basados en un programa de separación de los desechos en domicilio, reciclaje y compostaje, que consiste en transformar en abono los residuos orgánicos. Sin embargo, la mayor parte de la basura que se produce en el planeta se entierra o se quema.

En nuestro país, el relleno sanitario que se encuentra en Campo de Mayo está a punto de colapsar, lo que generó una pelea política que estalló en las últimas semanas. En el interior del país, en cambio, los basurales a cielo abierto reciben más de la mitad de la basura que se genera, pero al no tener ningún tipo de tratamiento estos basurales se transforman en materia altamente tóxica.

Además, el camino de la separación de la basura en las casas aún no fue incorporado como un hábito masivo, y todavía son muy pocos los casos de municipios donde hay separación de residuos y reciclaje de materiales. Uno de ellos es La Matanza. 

En su libro La creación. Salvemos la vida en la tierra, el biólogo norteamericano Edward Osborne Wilson señala: “Podemos comenzar con un descubrimiento decisivo de la historia ecológica: el precio de la civilización fue la traición a la naturaleza. (…) La humanidad está pasando por un ‘cuello de botella’, un período crítico de superpoblación y despilfarro consumista que puede estallar a fines de este siglo”.

Para Francisco Suárez, antropólogo, especialista en gestión de residuos, y docente de la Universidad de General Sarmiento, “en Argentina domina la estrategia del relleno sanitario, cuando en el mundo, en muchos países, lo que hoy se está aplicando es la combinación de métodos: recuperación y reciclado con compostaje, incineración, valorización energética y relleno sanitario”.

“Los países que han trabajado más intensamente –agrega– están combinando estos métodos: Alemania, Suiza, Italia, algunas ciudades de Estados Unidos, y de América del Sur, como San Pablo. En Japón se usa mucho la incineración y hacen energía con la quema de residuos. Pero esto demanda alta tecnología y buenos niveles de control, porque el 20% de los residuos es plástico. Por eso es necesario impermeabilizar la tierra, hacer controles de gases (se genera gas metano), además del control de líquidos y olores.”

La situación local dista mucho de esta sofisticación. “La ciudad y el gran Buenos Aires generan entre 15 y 16 mil toneladas de residuos por día, de los cuales 13 o 14 mil van a Norte 3 (Campo de Mayo), unas mil toneladas a La Matanza y mil a Ensenada. Sólo la Ciudad genera 5.500 o 6.000 toneladas diarias”.

“La idea frente al problema de la basura –señala Suárez– es tratar que se recicle lo más posible, que se composte lo más posible. La única ciudad que está trabajando con el método del compostaje es Esquel. Los residuos secos sirven para el reciclado y los húmedos (orgánicos) para compostar”.

¿Por qué el método que se utiliza actualmente no es el ideal? “Hoy por hoy no hay lugar para poner los residuos y los rellenos sanitarios están cerrándose. En Villa Domínico cerró por la protesta de los vecinos, por las enfermedades y los incendios frecuentes provocados por los escapes de gas metano”, comenta Suárez. 

“En el área metropolitana –agrega– hay 190 basurales a cielo abierto, de una hectárea. Y los grandes generadores de basura (industria, countries, supermercados) están obligados por ley a tirar los desechos en rellenos sanitarios pagos. Pero el manejo de los desechos es un gran negocio que beneficia a varios: el 15% del presupuesto de muchos municipios está destinado a recolectar y disponer de los residuos. Es un presupuesto muy importante, que hay que pagarle al CEAMSE, nacido de un convenio entre la Ciudad y la Provincia”.

A la hora de opinar sobre cómo se está manejando el tema de los residuos en otras ciudades, Suárez considera que “Santa Fe capital está trabajando bastante bien, con recolección diferencial: dos veces por semana sacan los residuos secos, y también están trabajando con cartoneros en plantas de reciclado. Tienen un 50% de la población que adhiere. El sistema de la recolección diferenciada es algo que se viene en Argentina, pero hay que hacer una campaña muy buena, convencer a la gente, porque la gente no tiene una actitud responsable con los residuos, una vez que los descarta se desentiende de ellos. No hay una cultura del reciclaje. Algo se instaló con el tema de los cartoneros, comenzó una cultura de recuperación, reciclan, hacen artesanías. Lo más innovador ha venido por ese lado”.

Por los cambios de tecnología y consumo, en los últimos años la basura fue variando su composición. Según estimaciones, actualmente el 20% de los residuos es material plástico, el 50% es orgánico, otro 20% es papel, y finalmente un 10% es vidrio y metales. Con este cambio creció el problema para ubicarlos. “Los plásticos generan gases altamente contaminantes, dioxinas y furanos, que son cancerígenos. Mientras crecían las montañas de basura, crecían las torres de Wilde (a fines de los 70, comienzos de los 80). A partir de eso, en 2004 el CEAMSE termina cerrando ese relleno, y empiezan a buscar dónde poner uno nuevo. Ningún municipio quería hacerse cargo. El de Brandsen había dicho que sí pero los vecinos, en protesta, cortaron la ruta 2 en plena temporada. Luego varias localidades más se opusieron”, recuerda Suárez. “Entonces la solución fue encontrar un lugar donde nadie hiciese reclamos, y ese lugar fue Campo de Mayo. Pero ahora ese terreno se está agotando”.

“En la Argentina estamos desactualizados –concluye– pero no es una razón tecnológica, a menos que se quisiera hacer incineración, la cual no es recomendable. En reciclado y compostaje se puede avanzar muchísimo. Hay capacidad y hay industrias que absorben los materiales. Pero el método de enterrar residuos, que se aplica acá, es un sistema que trae beneficios. Por eso algunos grupos económicos pasaron de hacer autopistas a juntar residuos.”

Para el especialista en medio ambiente y ecología, Antonio Brailovsky, “lo que traba que la situación sobre el manejo de los residuos mejore es el negocio; el método de enterrar la basura significa que eso es rentable para una cantidad de empresas cercanas al poder que fuera. ¿Cómo funciona el negocio? Hay una parte que el público no conoce, y es que a las empresas que trabajan enterrando basura les pagan con terrenos buenos. La cantidad de urbanizaciones que hay, del estilo de los que están en Parque Iraola, son el resultado del pago a las empresas que se ocupan de los rellenos sanitarios. El CEAMSE tiene una enorme dotación de tierras públicas, pero sobre esto nadie hizo aún una auditoría. Es decir, que se paga con terrenos fiscales de buena calidad para hacer urbanizaciones. Mientras esté esa posibilidad, no hay interés en reciclar nada. El negocio de la basura desemboca en el negocio inmobiliario”.

“Si uno fuera a pensar en una solución racional y no solamente en lo que es negocio para algunos –agrega Brailovsky– como existen residuos muy distintos, se necesitan políticas públicas muy distintas. Hay una cantidad de municipios que hacen la separación de basura en plantas municipales. Yo vi las experiencias de Trenque Lauquen y las de Rauch. Es decir, los vecinos separan las basuras, el municipio recoge bolsitas distintas, lo que es metal lo mandan a fundir, lo que es plástico le dan el uso que corresponde, y con la basura orgánica hacen tierra que se puede usar para jardinería. Pero para eso habría que ampliar la cantidad de municipios que lo hace; cuantos más municipios lo hagan, mejor.”

Sobre la cultura de la separación de residuos, Brailovsky cree que el cambio llevará años. “En primer lugar, hay que hacer una recolección separada de los residuos peligrosos. La norma nuestra considera que los únicos residuos que hay que tratar como peligrosos son los que tiran las empresas, pero también los pesticidas, pinturas, químicos, barnices, envases de plaguicidas y, obviamente, las pilas. Lo que pasa es que cuanto más cosas diferencies, más complicada es la recolección. Esto requiere un cambio de costumbres que en Europa tardó una generación. Pero en la Argentina, un país donde la gente pide goles en el primer tiempo, cuando uno dice: ‘esto va a andar bárbaro pero en 20 años’, es algo complicado para esta sociedad. Porque los problemas de todos no son de nadie”.

Hace pocos días, el conflicto por la basura entró de lleno en la política: la Ciudad y la Provincia protagonizaron una nueva rueda de acusaciones, a partir de la reunión que mantuvieron para definir el destino de los residuos porteños. La Ciudad prometió reducir, para junio de 2014, un 78% de la basura que se envía al relleno de José León Suárez, cuyo colapso fue anunciado para abril. 

Desde el gobierno porteño reclamaron por los “terrenos vacíos, totalmente abandonados” que hay pegados al CEAMSE. La extensión hacia esos terrenos, que pertenecen a Campo de Mayo, no fue aprobada por la presidenta Cristina Fernández. En la Ciudad dicen que no entienden por qué.
La Nación, por su parte, argumentó que –pese a que existe la ley de Basura Cero– la Ciudad no reduce la cantidad de residuos que envía al relleno de José León Suárez. Por otro lado, cuatro intendentes afectados por los rellenos ubicados en la zona –los de San Martín, Tigre, San Miguel y San Fernando– se niegan a que sigan funcionando. Aunque esos mismos municipios tampoco han implementado programas efectivos de separación de residuos.

En su libro Los mitos del medio ambiente, el biólogo y periodista Sergio Federovisky señala: “La basura provee, gracias a los buenos oficios de las organizaciones ambientalistas, uno de los mitos más instalados y quizá más necesarios de derribar, el de la ‘basura cero’, oxímoron en tiempos en que el capitalismo estimula el mayor consumo y, con él, la generación de residuos. Las consignas ambientalistas –radicalizadas por demás en el rubro basura cero– han atado de pies y manos a cientos de municipios, conducido a los políticos a aplicar inaplicables leyes u ordenanzas y endiosado el reciclaje como mecanismo único y salvador del grave problema de los residuos sólidos urbanos”.

La conclusión bien puede ser una frase del pensador francés Guy Debord en El planeta enfermo: “En materia de medio ambiente ‘natural’ y construído (…) no habrá que elegir entre la fiesta y la desgracia sino, conscientemente y a cada paso, entre mil posibilidades felices o desastrosas, pero relativamente corregibles, y, por otro lado, la nada”.

¿Qué es la crisis ecológica?

Cuides


La ecología política basa su teoría y praxis en la reflexión y acción en la lucha contra la llamada “crisis ecológica” y en la propuesta de nuevos modelos de producción y consumo compatibles con los límites ecológicos del Planeta y la justicia y ética socio-ambiental. Pero ¿qué llamamos exactamente crisis ecológica? ¿En qué fenómenos concretos se manifiesta y qué relaciones guarda con el sistema socio-económico actual?
La crisis ecológica es principalmente una crisis de escasez: escasez de materias primas, de energía, de tierras y de espacio ambiental para mantener el ritmo de la economía actual, y aún menos extenderlo a todos los países del Sur y dejarlo en herencia a las generaciones futuras. El modo de producción y de consumo impulsado por el Norte no tiene en cuenta los límites físicos del planeta, tal y como lo deja patente la huella ecológica: si todas las personas de este mundo consumieran como la ciudadanía española, necesitaríamos tres planetas. Mientras tanto, la humanidad ya supera en un 50% su capacidad de regenerar los recursos naturales que utilizamos y asimilar los residuos que desechamos (WWF, 2012). Por su parte, el alcance de la dominación humana y de la amplitud de la crisis ambiental que provoca, queda claro por lo menos a través de los seis fenómenos siguientes (Vitousek y sus colaboradores (en Riechmann, 2008)):
  1.  Entre la mitad y una tercera parte de la superficie terrestre ha sido ya transformada por la acción humana.
  2. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado más de un 30% desde el comienzo de la revolución industrial.
  3. La acción humana fija más nitrógeno atmosférico que la combinación de las fuentes terrestres naturales.
  4. La humanidad utiliza más de la mitad de toda el agua dulce accesible en la superficie del planeta.
  5. Aproximadamente una cuarta parte de las especies de aves del planeta ha sido extinguida por la acción humana.
  6. Las dos terceras partes de las principales pesquerías marinas se hallan sobreexplotadas o agotadas.
En este contexto, según Lipietz (2012), incluso podemos hablar hoy de una “segunda” crisis ecológica mundial, después de una primera que sitúa durante la Gran Peste del siglo XIV. Al igual que la Gran Peste, la crisis ecológica actual tiene como origen un conflicto entre la Humanidad y la Naturaleza, a través de la relativa escasez de producción alimentaria y los peligros de su propio sistema energético para la población humana. Además, se transmite por los canales de la globalización económica y golpea civilizaciones muy diferentes aunque lo suficientemente parecidas como para poder producir y padecer efectos semejantes. Sin embargo, según el teórico francés, la crisis ecológica actual se diferencia profundamente de la crisis “exógena” de la Gran Peste (un microbio desconocido y devastador que ataca a sociedades debilitadas por un cambio climático de origen no antropogénico y la baja productividad agrícola) por ser el resultado de la dinámica social e histórica del propio modelo de desarrollo: el propio liberal-productivismo ha generado la tensión actual entre Humanidad y Naturaleza. De tal forma que la “segunda” crisis ecológica, esta vez “endógena”, se podría resumir de la forma siguiente:
[Es] la conjunción de dos nudos de crisis ecológicas, internas a la dinámica del modelo liberal-productivista: el “triángulo de las crisis energéticas” y el “cuadrado de los conflictos para el uso del suelo”, ellos mismos articulados sobre la crisis financiera, económica y social del modelo capitalista neoliberal que triunfa a nivel mundial desde principios de los años 1980. Este modelo liberal pesa mucho sobre la evolución de los dos nudos de las crisis ecológicas: incluso podemos decir que las engendra (Lipietz, 2012).
A continuación, estudiaremos más en profundidad estos dos nudos centrales de la crisis ecológica para entender mejor los retos a los que se enfrenta la Humanidad si quiere elegir la vía de la esperanza.

El triángulo de las crisis energéticas

Los principales riesgos relacionados a la crisis energética se centran en torno a tres vértices: energía fósil (carbón, petróleo, gas), energía nuclear y energía proveniente de la biomasa (leña, agrocombustibles).
Como primer vértice del triángulo, encontramos los riesgos vinculados a las energías fósiles, que a su vez se dividen en dos vertientes: la capacidad de regeneración de estas energías (no renovables a escala humana) y la capacidad de asimilación de los residuos vinculados a su utilización. Asimismo, la humanidad se enfrenta al techo de los combustibles fósiles, que corresponde al punto de inflexión a partir del cual la extracción de una unidad de energía fósil por unidad de tiempo ya no puede incrementarse, por grande que sea la demanda. Coincide con el momento en que la extracción acumulada llega a la mitad de la cantidad total recuperable, y los esfuerzos humanos, técnicos y financieros pueden disminuir la tasa de declive, pero no invertir la tendencia a la baja de la extracción. Al mismo tiempo, la creciente incapacidad de ofertar más energía fósil se topa con una demanda en constante aumento, principalmente en los países llamados emergentes como China o la India, y con la especulación (Bermejo, 2008), lo que dispara el precio de la energía (y de otras materias primas).(2) En concreto, esta tensión entre oferta (que depende de factores ecológicos y económicos) y demanda (que depende del modo de vida) al alza es paradgimática y altamente peligrosa para el modelo social y productivo actual. Esto es especialmente cierto en el caso del petróleo, puesto que la globalización económica se basa en un petróleo barato, abundante y de buena calidad. El despliegue del modelo de producción y consumo de masa y sus instituciones asociadas necesitan energía fósil al igual que el cuerpo humano necesita sangre. Por ejemplo: el complejo agroindustrial, basado en la maquinaria motorizada, la producción y consumo de abonos y fertilizantes, altos niveles de bombeo de agua, la manipulación industrial, la explotación intensiva de los suelos, la comercialización globalizada y el transporte de larga distancia hacia el lugar de consumo, nos da una buena idea de esta dependencia.(3) Sin embargo al haber alcanzado el techo del petróleo (peak oil en inglés), esta era ha terminado: estamos entrando en la era del petróleo caro, escaso y de mala calidad.(4)  Esta nueva situación tiene repercusiones directas sobre el conjunto de la economía y sobre nuestros modelos de vida diarios. De hecho, la crisis financiera de 2008, que hoy ha desencadenado una ola de recesiones y planes de ajuste brutales, pone de relieve una relación directa entre crisis ecológicas y económicas. En este sentido, el economista estadounidense Jeremy Rifkin recuerda que la crisis de las subprimes, es decir el impago de las hipotecas en Estados Unidos que luego se propagó a nivel mundial a través de los activos tóxicos, comenzó cuando el barril de petróleo en el verano 2008 alcanzó los 150 dólares y no en octubre cuando estalló la burbuja a la luz pública. Ese aumento de los precios hizo que subiera el precio de la gasolina y que en Estados Unidos mucha gente, principalmente las más empobrecidas e insolventes cuyo presupuesto familiar tiene dos partidas básicas en torno a la vivienda y al transporte, dejara de pagar la hipoteca (las subprimes) para mantener la tenencia de su coche privado (imprescindible en un sistema basado en su uso intensivo, por ejemplo para ir al trabajo y a su vez generar las rentas necesarias para sobrevivir).
Por otro lado, apuntemos que para superar el techo de producción de los combustibles fósiles, existe una nueva frontera extractiva: la extracción del gas de pizarra a través del método llamado fracking o fracturación hidraúlica. Si bien el fracking ha permitido bajar el precio a corto y medio plazo del gas, es un nuevo espejismo altamente peligroso para el medio ambiente, el clima y la salud humana y que no afronta el mayor reto de la civilización industrial: rebajar el consumo energético dentro de los límites ecológicos del Planeta (para un análisis detallado del fracking, véaseMarcellesi y Urresti, 2012).
En cuanto a los efectos del modelo energético sobre el cambio climático, hoy principal preocupación ambiental en las agendas políticas, existen claras evidencias de que crisis energética y crisis climática no son más que dos caras de la misma moneda. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (GIECC), “la principal causa del crecimiento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera desde la época preindustrial es el uso de combustibles fósiles” (2007, p2), que hoy se estima en torno a 75% (el resto se debe a la deforestación y al cambio de uso de suelos). A pesar de mejoras tecnológicas por unidad producida,(5) el crecimiento demográfico y el actual modelo socioeconómico (basado en la acumulación material) provocan una presión insostenible sobre los ecosistemas. En este contexto, las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero sobrepasan la capacidad de autorregulación y asimilación por parte de los sumideros naturales (océanos, atmósfera), lo que está conduciendo a una situación peligrosa de no retorno. Para evitar tal caso que llevaría a sufrir cambios irreversibles e impredecibles, el GIECC recomienda que no haya aumento de más de 2 grados centígrados en 2100 en comparación con los niveles preindustriales, mientras que la muy institucional Agencia Internacional de la Energía pone 2017 como fecha límite para acotar el incremento de temperaturas. En caso contrario, ya sea el IPCC (2007) o el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (2007) advierten de las mismas consecuencias ambientales y sociales. El cambio climático supondrá —y de hecho, ya supone— efectos en la agricultura y silvicultura (cambio de rendimientos según zonas frías o cálidas, aumento de plagas e insectos, etc.), en los recursos hídricos (extensión de las zonas afectadas por la sequía, empeoramiento de la calidad del agua, etc.), en la salud humana (tales como la mortalidad relacionada con el calor en Europa, aumento de enfermedades infecciosas, etc) o en la industria, asentamientos humanos y sociedad (disminución de la la calidad de vida de las personas en áreas cálidas sin vivienda apropiada) así como una mayor exposición a inundaciones costeras, unas condiciones climáticas extremas y un posible colapso de los ecosistemas.
Como segundo vértice del triángulo, encontramos la energía nuclear que tras la catástrofe de Fukushima —decenas de miles de personas evacuadas fuera del perímetro de seguridad, contaminación radiactiva hasta en Tokio, escándalos políticos y técnicos en torno a la gestión y a la seguridad de las centrales nucleares japonesas y del accidente post-tsunami,(6) etc.— vuelve a apuntar sus altas deficiencias y riesgos para representar cualquier tipo de solución al cambio climático. Resumiendo los principales problemas (Marcellesi, 2011a):
  1. El riesgo de accidente, en este caso de probabilidad baja pero de magnitud alta, es más que nunca presente y real.
  2. Seguimos sin tener ninguna solución real a la gestión de los residuos radiactivos.
  3. La energía nuclear crea una fuerte dependencia con el exterior ya que el uranio, cuyas reservas son finitas, se compra a países fuera de Europa y cuya inestabilidad política no asegura un suministro seguro (el Chad, por ejemplo).
  4. Existe un riesgo de proliferación de la energía nuclear para fines militares (reforzado por la amenaza de uso terrorista de los residuos o de las centrales nucleares como posibles dianas de ataque).
  5. No es una alternativa para evitar sustancialmente emisiones de gases de efecto invernadero: si se tiene en cuenta el ciclo de vida global de la energía nuclear (extracción del uranio, suministro a Europa, construcción y desmantelamiento de las centrales, gestión de los residuos…), ésta produce más CO2 que las energías renovables.(7)
  6. Es una fuente de electricidad, por tanto no sustituye nuestra dependencia de los combustibles fósiles.
  7. Los puestos de trabajo por unidades energéticas están por debajo de las creadas por las energías renovables. (8)
El último vértice del triángulo lo ocupa la biomasa, cuyo uso energético es el más antiguo desde que el Homo Erectus domesticara el fuego, el más constante para una gran mayoría de la humanidad (la leña sigue siendo el principal combustible utilizado) y, seguramente, uno de los más prometedores de cara al futuro. Pero la biomasa también tiene riesgos asociados que analizaremos en el siguiente subapartado, puesto que se articula directamente con el uso de las tierras, principalmente con el auge de los agrocombustibles.

El cuadrado del conflicto del uso de las tierras

Los anglosajones suelen decir que hacemos cuatro usos principales de la tierra, que pueden resultar excluyentes: Food, Feed, Forest, Fuel (las 4 Fs). Dicho en castellano, estamos hablando respectivamente de usos para 1. la alimentación humana, 2. la alimentación del ganado (natural —campos de pasto— o artificial —soja que se combina con maíz para las vacas europeas—), 3. los bosques (como sumidero o reserva de biosfera) y 4. la producción de biomasa (agrocombustibles, leña, etc.).
En este marco de análisis, intervienen dos factores crucialesla dieta crecientemente carnívora de los países del Norte y emergentes, y la introducción cada vez más sistémica de agrocombustibles. Como lo relata Lipietz (2012), la polarización de los ingresos a nivel mundial provoca una transformación de la dieta humana que pasa de una dieta a base de proteínas vegetales con un poquito de carne (“el menú hindú o el menú chino”), a una dieta a base de carne (el “menú europeo o norte americano”). Sin embargo, las proteínas animales (feed) necesitan para su producción de 7 a 15 veces más hectáreas que las proteínas vegetales (food). Por tanto, esto representa un problema grave dado el aumento contante de la población con dieta carnívora (por ejemplo, en India y China el 10% de la población se alimenta con el mismo tipo de comida que en Europa y en Norte América). Por su parte, los agrocombustibles (fuel), que técnicamente son energías renovables obtenidas a partir de la biomasa, son la respuesta oficial a la crisis de los combustibles fósiles y del techo del petróleo. De hecho, en sociedades no dispuestas a ‘negociar su modo de vida’, los agrocombustibles despiertan un gran interés y cuentan con un fuerte impulso político,(9) lo cual, junto a otros factores, provoca tensiones en los precios de la comida en el mercado mundial.(10) En este contexto, Jean Ziegler, el relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, llegó a postular en 2007 que la producción masiva de biocombustibles «es un crimen contra la humanidad».
Si bien los agrocombustibles juegan un papel central en las crisis alimentarias actuales, hay que añadir también otros factores sociales y ecológicos: la escalada de precios de la energía, las malas cosechas en los países productores de trigo como Australia, Rusia o Ucrania debidas al cambio climático, los modelos productivos globalizados que apuestan por economías de la exportación en detrimento de la soberanía alimentaria y que denigran la producción autóctona para abastecer a los mercados locales provocando dependencia de los mercados exteriores sobre todo para la importación de productos básicos, el mal reparto de la producción agrícola local o importada, así como movimientos especulativos a nivel mundial. Al igual que los fuertes cambios de régimen político en Europa en 1848 tienen como origen revueltas de la hambruna, Lagi et al (2011) muestran que existe una fuerte correlación entre el alza de los precios de los alimentos —debido a la combinación de los factores arriba mencionados— y las revueltas del hambre de estos últimos años en el mundo que, recordemos, han dado fin en pocos meses a gobiernos autoritarios —como los de Túnez y Egipto— que nadie veía posible derrocar.
En conclusión de este apartado, es interesante —y sobre todo preocupante— constatar que, además de lo que teorizaba gran parte del movimiento ecologista en sus inicios, esta crisis ecológica no solo compromete de manera decisiva a las generaciones futuras sino que nos afecta ahora directamente a las generaciones presentes. No solo se trata de una crisis de abundancia de una generación privilegiada (“pan para hoy, hambre para mañana”), sino también de una crisis de escasez que ya se está manifestando en el día a día de gran parte de la población mundial (el hambre ya es para hoy). Asimismo, pone de relieve que las llamadas crisis financieras, especulativas o alimentarias están vinculada a crisis subyacentes e interdependientes: no solo la de la economía real (o economía productiva) sino también la de la “economía real-real”, es decir la de los flujos de materias y energía que depende por una parte de factores económicos y por otra parte de los límites ecológicos del planeta.
Entregas anteriores:
(1) Se basa en una adaptación y actualización de la publicación Marcellesi, F. (2008): Ecología política: génesis, teoría y praxis de la ideología verde,Bilbao, Bakeaz (Cuadernos Bakeaz, 85).
(2) De hecho, no solo estamos llegando al techo de todos los combustibles fósiles sino también al peak all (en referencia en inglés al peak oil), es decir al techo de materias primas como algunos minerales tipo cobre, plata, uranio o zinc. “Peak all” y “peak oil” están fuertemente relacionados puesto que la escasez de materias primas necesitará a su vez una mayor cantidad de energía para su explotación, tratamiento, reciclaje, etc..
(3) Ingeniería sin Fronteras calcula por ejemplo que una manzana procedente de la producción industrial en Chile y comprada en Cataluña consume una cantidad de energía más de cuatro veces superior a la del caso ecológico y local (principalmente debido al transporte desde el lugar de producción hasta el de consumo: en este caso, 14.000 kilómetros en barco y en camión). Por su lado, un tomate industrial consume cinco veces más que un tomate ecológico y local. Mientras la diferencia entre comprar manzanas industriales traídas de Chile y manzanas ecológicas de la región a lo largo de un año equivale al consumo energético anual de 60.812 hogares, “el consumo energético asociado al uso de fertilizantes en una hectárea de tomates de producción industrial puede llegar a ser tan elevado como para representar la cantidad de energía suficiente para dar… ¡12 vueltas al mundo en coche!” (López, 2010 p. 65).
(4) Es complicado predecir la fecha exacta del techo del petróleo puesto que puede confirmarse con exactitud una vez superada (como fue el caso del techo del petróleo en Estados Unidos). Por ejemplo, James Murray de la Universidad de Washington y David King de la Universidad de Oxford, en un artículo reciente de la prestigiosa revista Nature, piensan que el techo de producción de petróleo a nivel mundial tuvo lugar en 2005 con unos 75 millones de barriles al día. De todas maneras, que el techo del petróleo haya pasado, esté por llegar a corto plazo o ocurra dentro de 20 o 30 años, no supone gran diferencia a escala de la civilización humana.
(5) A pesar de mejoras significativas en torno a la intensidad de carbono entre 1990 y 2007 (-12%), la eficiencia tecnológica no ha compensado el crecimiento de la población (+24,5%) y el aumento del nivel de abundancia (+25,5%), y las emisiones de CO2 han aumentado de 38%. Fuente: Tim Jackson (2010).
(6) De hecho, según una comisión de diez expertos creada en diciembre del 2011 a instancias del Parlamento de Japón, “el accidente en la planta nuclear de Fukushima Daiichi no se puede contemplar como un desastre natural. Fue un desastre hecho por el hombre que podría haberse previsto y prevenido”. Fuente.
(7) Más información.
(8) Véase por ejemplo el estudio siguiente: IRENA (2011): Renewable Energy Jobs: Status, Prospects & Policies, IRENA Working Paper
(9) A pesar de una resolución del Parlamento europeo sobre comercio y cambio climático que solicitó «que se subordinara todo acuerdo sobre la compra de biocarburantes a cláusulas relativas al respeto de las superficies devueltas a la biodiversidad y a la alimentación humana», la Comisión Europea sigue vislumbrando el objetivo del 10% de ‘biocombustibles’ en los transportes para el año 2020.
(10) En 2007, mientras la producción de maíz para agrocombustible aumentaba en un 500% en Estados Unidos, el precio del maíz –bajo el efecto conjunto del cambio climático, de la producción de carne y de la producción de agrocombustibles– se encarecía en un 130%, provocando una crisis social profunda para todas las poblaciones cuya alimentación descansa en estos productos básicos.
Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y miembro de la Revista Ecología Política.
Publicado en la revista Cuides, nº9, octubre 2012 (1). Este es el tercer artículo de ocho en la serie “¿Qué es la ecología política? Una vía para la esperanza en el siglo XXI”.
Fuente: http://florentmarcellesi.wordpress.com/2013/01/08/que-es-la-crisis-ecologica/
La desmitificación del desarrollo y las lecciones del Sumak Kawsay





“Las autoridades financieras del mundo desarrollado están nerviosas y la opinión pública de esos países no ve de buen grado que sus contribuciones tributarias se destinen a subvencionar a banqueros irresponsables e imprudentes al tiempo que deben someterse a políticas restrictivas que les reducen el empleo y los servicios sociales”

La cita precedente no ha sido extraída de ninguna crónica o información contemporánea, ni siquiera de la última década sino que corresponde a un trabajo de Osvaldo Sunkel,[1] elaborado hace casi 30 años. Algo que desde luego pone de relieve la similitud de situaciones o más bien dicho la continuidad y el actual agravamiento de situaciones que comenzaron a perfilarse a mediados del siglo pasado luego de la terminación de la llamada Segunda Guerra mundial.

Desde entonces se ha venido hablando de desarrollo a partir de las dos vertientes teóricas dominantes en el pensamiento económico una vinculada al desarrollismo poskeynesiano impulsada en Latinoamérica por Raúl Prebisch, durante largo tiempo Secretario ejecutivo de la CEPAL[2] y la otra al monetarismo neoliberal de Milton Friedman y la muy famosa escuela de Chicago. La primera pone énfasis en el desarrollo de las fuerzas productivas, industria, agricultura, infraestructura y aunque no ignora al factor humano, su presencia se integra como un recurso más de los factores productivos, mientras que en la corriente monetarista neoliberal aparecen con mayor fuerza la liberalización de los mercados de bienes y servicios y el desarrollo de los instrumentos financieros de carácter transnacional.

En ambas corrientes de origen estrictamente economicista el concepto de desarrollo se relaciona o está dirigido a sostener el crecimiento de la estructura productiva sin considerar de qué manera se distribuyen los réditos de esa producción en la sociedad que los genera. Pero tal vez por eso mismo se ha transformado en un inalcanzable mito, al que ha llegado la hora de renunciar definitivamente.

Porque además aunque se le haya agregado la palabra socioeconómico al vocablo desarrollo anteponiéndole lo social a lo económico no es que se haya intentado a mi entender darle prioridad conceptual a los objetivos sociales sino que en su incorporación han primado simples razones de eutonía. Es decir que en cualquier caso la importancia de los social se halla subordinada no al ser humano genérico como sujeto último del crecimiento económico sino como imprescindible instrumento de la producción y en consecuencia la sociedad o el estado no deberían desatender ni su atención sanitaria ni el acceso a niveles educativos que lo capaciten para ingresar a ese mismo sistema productivo y sin embargo son condiciones que tampoco se cumplen ni siquiera con el mezquino objeto de garantizar su continuidad.

De modo que el trabajo se ha convertido en una nueva esclavitud. No se trata ya de un medio para alcanzar el propio crecimiento o para realizar aportes personales al desarrollo de una comunidad sino de un fin que le permita al individuo tener apenas garantizada en muchos casos nada más que su propia supervivencia. El trabajo se ha transformado casi en un devorador de existencias, exigiendo del trabajador una entrega casi absoluta en la que el ocio, la recreación, el desarrollo de la propia creatividad, las artes plásticas, la música, las actividades manuales, la meditación, el deporte, la vida en familia, la amistad, el contacto con la naturaleza, han pasado a ser utopías casi absolutas o exclusivas de los pocos que logran hacer de alguna de ellas su propio medio de vida pero que al común de la gente le están absolutamente negadas.¿Cuando, donde, qué tiempo libre dispone un trabajador de nuestro tiempo para desarrollar otras vocaciones que las que le impone el rutinario y absorbente trabajo de la fábrica, la oficina, el taller, el servicio público o privado, cuya extensión horaria imagináramos en algún momento que la tecnología permitiría reducir?

Nada ha cambiado en realidad como nos lo recuerda Paul Lafargue[3] en “El derecho a la pereza” desde el momento en que Napoleón, allá por el 1807 escribía: "Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá"…"Yo soy la autoridad [...] y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo". ¿No se abren ahora acaso una gran cantidad de negocios no solo los sábados, en los que antes solo se trabajaba medio día y solíamos llamar “sábado inglés” sino también los domingo, misa mediante o no?

Pero existen otras filosofías de vida que nos empeñamos en ignorar. Una filosofía que han cultivado y siguen cultivando pese al avasallamiento de la cultura occidental los pueblos indígenas y que poco a poco han sido reivindicadas en algunos países como Bolivia y Ecuador e incorporadas a sus respectivas constituciones nacionales, el Sumak Kawasay, “buen vivir” o mejor aún “buen convivir” que se traduce en la necesidad de emprender un camino al bienestar general diferente al que el tan promocionado desarrollo parecía prometer, rescatando experiencias ancestrales que pongan nuevamente en valor y en primer término el bienestar y la calidad de vida de la gente, de toda la gente

Un buen vivir que exige una mayor armonía entre la sociedad y la naturaleza. “El buen vivir no es no es un simple regreso a las ideas de un pasado lejano, sino la construcción de otro futuro” dicen Eduardo Gudynas y Alberto Acosta[4] en que también caben muchos cuestionamientos de la sociedad contemporánea “ posturas éticas alternativas que reconocen los derechos de la naturaleza, los aportes del feminismo como reacción a la dominación de base patriarcal y nuevas conceptualizaciones en áreas como la justicia y el bienestar humano” incorporadas en la constitución boliviana a partir de tres “principios ético-morales de la sociedad plural; ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón)” Propósitos que el estado se compromete cumplir para “mejorar la calidad de vida (…) a través de la redistribución equitativa de los excedentes mediante políticas sociales de diverso tipo (…) para lograr el vivir bien en sus múltiples dimensiones”

En síntesis como agregan Gudynas y Acosta se trata… “de una visión que supere los estrechos márgenes cuantitativos del economicismo y permita la aplicación de un nuevo paradigma cuyo fin no sea los procesos de acumulación material, mecanicista e interminable de bienes sino que promueva una estrategia económica incluyente, sostenible y democrática”

Una visión que se ha mantenido inconmovible en gran parte de las estructuras indígenas pese a los embates del capitalismo occidental y que les ha permitido superar con llamativa unidad las excluyentes circunstancias que les han sido impuestas a lo largo de los más de 500 años de dominación europea y latinoamericana.

Se trata sin duda de una, aunque milenaria, original propuesta que busca contrabalancear los reiterados y ya evidentemente irreversibles fracasos de los proyectos desarrollistas y cuyo acento, de algún modo ya largamente experimentado por las comunidades indígenas está dirigido a las personas concretas en realidades concretas, procedente de pueblos que fueron largamente marginados e irrespetados y cuya cultura considerada inferior y primitiva se está imponiendo no solo en la letra de las constituciones de dos países del continente sino como una insoslayable alternativa orientada a solucionar los problemas de nuestro tiempo y de nuestro incierto futuro.

Pero solo si logramos independizarnos de nuestra prolongada adicción al dinero y de nuestro culto al dios epónimo será posible tal vez seguir avanzando en la construcción de un mundo promisoriamente más humano porque como dice García Lorca en La zapatera prodigiosa “Ay dinero, dinero sin manos y sin ojos debería haberse quedado el que te inventó” ¡Que el Sumak Kawasay le dé el golpe de gracia!

[1]. Sunkel, Osvaldo “América Latina y la crisis económica internacional” Grupo Editor Latinoamericano, Pág.44, 1985.
[2] CEPAL: Comisión Económica para la América Latina, una de las cinco comisiones regionales de las Naciones Unidas con sede en Santiago de Chile. Fundada con el objeto de contribuir al desarrollo económico de América Latina, coordinar las acciones encaminadas a su promoción y reforzar las relaciones económicas de los países entre sí y con las demás naciones del mundo

[3] Lafargue, Paul, periodista, médico, teórico político y revolucionario francés de origen cubano. (1842/1911)

[4] “El buen vivir más allá del desarrollo” E. Gudynas, ecólogo social uruguayo, investigador en el Centro Latino Americano de Ecología social (CLAES).y A. Acosta, economista ecuatoriano, profesor e investigador de FLACSO. Ex ministro de Energía y Minas y ex presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador.